EL OJO ANALÍTICO: “RADIOGRAFÍA DE UN VILLANO”

"Esto sería ofensivo en el mundo real,
pero ¿quién quiere vivir en el?"

Si eres un verdadero cinéfilo, ya habrás adivinado que estas son palabras de Jordan Belfort, el millonario corredor de bolsa y estafador que encarna Leonardo Di Caprio en "El lobo de wall street".

La larga y desaforada película de Martin Scorsese, nos habla, entonces, de cierta clase de hombres, que son niños más allá de su edad y se niegan a vivir en el mundo real. Niños a los que se les iluminan los ojos a la vista de un par de curvas femeninas como si estuvieran en una juguetería en época de navidad. Niños cuya mirada va de un lado al otro alternadamente: mujeres, drogas, dinero, fiesta. Adultos que parecen no serlo, yendo de aquí para allá como si estuvieran en una habitación llena de legos y pistas de autos de juguete.

La temática abordada de un modo magistral a través del desarrollo de sus personajes desenfrenados e inescrupulosos, es lo que se destaca en esta historia. Hombres jugando a ser hombres, con el característico aburrimiento de un niño hiperactivo. Esa raza de vendedores de bolsa, que juegan un ratito con autitos de colores y se pierden momentáneamente en  ese mundo, alienados, como cuando Messi juega a la pelota. Y después se dan la vuelta porque viene otra cosa, un sonido, un color, una canción, un globo que pasa volando. No importa. Son niños. Juegan. No viven en este mundo, viven en todos esos mundos simultáneos que tienen lugar en sus cabezas curiosamente insatisfechas, pues aparentemente, lo tienen todo.

En la película, ese mundo lúdico está cimentado en las drogas, el dinero, las mujeres y los placeres mundanos más sórdidos. Jordan Belfort no arma estructuras con legos, pero construye un castillo de mentiras esnifando cocaína y ganando dinero cueste lo que cueste.

Todo es un vivo espejo de la vida misma donde crece la  imperiosa necesidad de no parar nunca. La historia es una perfecta crítica a los tiempos modernos en los que los seres humanos están siempre al palo, siempre arriba, donde el mundo es un parque de diversiones y la vida real no tiene lugar porque es aburrida.

El personaje de Di Caprio, está compuesto de un modo tan atractivo que la empatía con el público es instantánea. Jordan Belfort, es una especie de anti héroe con valores pusilánimes, pero también tiene muchísimo carisma, capacidad de fascinar, de atraer, de vender cualquier cosa, incluso la ilusión de una vida mejor. Así se hace rico, millonario, multimillonario, así logra que una multitud enardecida le grite "te amo".

Sí, es un estafador, amoral, egoísta, infantil, materialista, incapaz de ponerse por un segundo en el lugar de otro, pero igual no podemos dejar de mirarlo porque nos concedió la gracia de estar cerca suyo, de escucharlo, de entrar en su mundo fantástico. La vida a su lado no es vida: es un juego. ¿Acaso no es eso lo que todos queremos?

Esta película nos pone en jaque, nos hace dudar, nos hace desear una vida llena de excesos, de la mano de un millonario descarado que se hace rico estafando a todo el que se cruce en su camino. Este relato habla de estos seres insólitos que hacen y deshacen impunemente y, aun así, no podemos dejar de mirarlos, fascinados, mientras nos venden una lapicera como si fuera una mina de oro.

En el mundo real, también hay personas que nacen con esta estrella, que son capaces de salirse con la suya hagan lo que hagan, que pueden manejarse con total y absoluta impunidad. Pues al final, los que los rodean terminan festejando sus excesos, riendo ante sus ocurrencias, cumpliendo sus caprichos. ¿Por qué? Porque los Jordan Belfort de este mundo, con su sola presencia, hacen que la cotidianidad, la punzante y aburrida rutina, se transforme en una fiesta, un sueño desaforado del que no se puede escapar.